miércoles, 20 de abril de 2011

Guía elemental para ingresar a la Edad Media 


Aldo Roque Difilippo

Durante diez siglos el mundo europeo transcurrió en el medioevo. Un período de la historia comparado con el oscurantismo y  la barbarie, y que en gran medida lo fue, pero también en él nacieron muchas de las claves de nuestra cultura actual.
Durante ochocientos años España estuvo dominada por el poder de los moros, una nueva cultura que irrumpió en el viejo continente y que si bien sometió al vencido, contribuyó al crecimiento intelectual de esas sociedades.  Como herencia de esos ocho siglos los hispanoparlantes conservamos aún hoy, muchas de las contribuciones al mundo de las ciencias, así como palabras que utilizamos diariamente: alfombra, atalaya, aceite, aceituna, acequia, albañil, alcalde, alcantarilla, alcoba, alcohol, alfalfa, algodón, alhelí, almohada, alquimia, azotea, azúcar, azucena, azufre, azulejo, cifra, hazaña, jarabe, jinete, laúd, limón, naranja, sandía, tabique, tambor, taza, zanahoria; y muchas más. Algunas palabras por la simplicidad de su belleza suplantaron  a las que existían. El caso más claro es la palabra "azul", que reemplazó a la palabra latina "coeruleus".
Diferentes estudios indican que la cultura árabe aportó al español más de 1.300 palabras. Pero además la numeración que actualmente utilizamos tiene su origen árabe.
Los americanos, como consecuencia de la ascendencia española, heredamos la guitarra, instrumento con un origen emparentado al mundo árabe.

La sociedad medieval

La Europa medieval se repartía en feudos, un régimen basado en una escala social en la que los nobles eran vasallos del Rey, y los campesinos vasallos de la nobleza. Un fenómeno que fue afirmándose tras la muerte de Carlomagno en el año 814, cuando la unidad del imperio carolingio comenzó a debilitarse. La sociedad feudal, dividida de acuerdo con sus tareas y posesiones se conformaba por la nobleza, el clero y el campesinado. La nobleza estaba jerarquizada, según su poderío, en duques, marqueses, condes, vizcondes, barones, castellanos y caballeros. El Rey era el primero de los señores, situado en la cúspide de una pirámide feudal en la que había señoríos mayores y menores.
Europa se pobló de castillos, grandes fortificaciones donde los nobles se atrincheraban para repeler los ataques invasores del extranjero o de otros caballeros rivales. A cambio de la protección que el señor feudal debía otorgar protección a su vasallo, no sólo en el aspecto militar sino también en el familiar. A su vez el vasallo tenía obligaciones. Debía colaborar con la defensa militar cuando se le requiriese, debía respetar un compromiso de fidelidad al señor y a su familia, no podía desvalorizar ni perjudicar al feudo, estaba obligado a rescatar al señor feudal si era  tomado prisionero, y además debía pagar por el casamiento de la hija del noble y por las armas y la cabalgadura del hijo mayor, cuando se lo nombrara caballero.
La vida de los señores del Medioevo transcurría entre guerras, cacerías y juegos. Las batallas eran libradas permanentemente para defender o ampliar sus territorios. La caza no era solamente un pasatiempo sino que servía para procurar animales como alimento: jabalíes, osos, y ciervos eran las presas más codiciadas.
Los momentos libres se dedicaban a juegos, torneos y banquetes. Jugaban principalmente a los dados y al ajedrez, entretenimiento mediante el cual simulaban batallas. Los torneos se llamaban justas, y eran ceremonias de ensayo de luchas organizadas con mucha anticipación, a las que concurrían damas para alentar a sus combatientes favoritos. Las justas terminaban con grandes fiestas y banquetes, donde se elegía la mujer más bella del torneo la que entregaba obsequios al vencedor. Juglares y trovadores animaban las fiestas, cantando las hazañas de los caballeros.
En el Siglo XI la Iglesia creó la orden de Caballería para proteger a los débiles, defender la religión y fomentar la justicia.
Después de este largo período de la historia universal vendría la Edad Moderna. Pero durante el medioevo se escribieron obras fundamentales de la literatura: El Cantar del Mio Cid, El libro del buen amor, los Cuentos de Canterbury, el Decamerón, la Divina Comedia; entre otros. En las artes plásticas que desarrollaron los períodos Románico y Gótico, entre otros. En música surgieron las composiciones litúrgicas, aparecieron los juglares y trovadores; y la forma de lectura y escritura musical tal como la conocemos. Un período de la historia que habitualmente se lo asocia como que no pasó nada, y en el cual ocurrieron muchas  y muy variadas.  Y algunas de esas herencias culturales aún hoy las utilizamos.
De cómo esta semana nos decidimos a darle un mentís a la realidad y nos fuimos de paseo a la edad media


Ángel Juárez Masares

Eso nos lleva hoy a hablar de este período de la historia del hombre que muchos consideran como una época oscura, sumida en el retroceso intelectual y cultural, y un aletargamiento social y económico secular (que a su vez se asocia con el feudalismo en sus rasgos más oscurantistas, tal como se definió por los revolucionarios que combatieron el Antiguo Régimen). Sería un periodo dominado por el aislamiento, la ignorancia, la teocracia, la superstición y el miedo milenarista alimentado por la inseguridad endémica, la violencia y la brutalidad de guerras e invasiones constantes y epidemias apocalípticas.[]
Sin embargo, en este largo periodo de mil años hubo todo tipo de hechos y procesos muy diferentes entre sí, diferenciados temporal y geográficamente, respondiendo tanto a influencias mutuas con otras civilizaciones y espacios como a dinámicas internas. Muchos de ellos tuvieron una gran proyección hacia el futuro, entre otros los que sentaron las bases del desarrollo de la posterior expansión europea, y el desarrollo de los agentes sociales que desarrollaron una sociedad estamental de base predominantemente rural pero que presenció el nacimiento de una incipiente vida urbana y una burguesía que con el tiempo desarrollarán el capitalismo.[] Lejos de ser una época inmovilista, la Edad Media, que había comenzado con migraciones de pueblos enteros, y continuado con grandes procesos repobladores, aglutinó culturas y dinamizó su expansión al resto del mundo.
De manera que aquí estamos, con la finalidad de hurgar en la idiosincracia de estas gentes.

De nuestro vanos intentos por conocer a don Miguel de Cervantes y Saavedra antes de su muerte


Ángel Juárez Masares

Miguel de Cervantes y Saavedra
 (Alcalá de Henares, 1547-Madrid,1616)
Escritor español. Cuarto hijo de un
modesto médico, Rodrigo de Cervantes,
y de Leonor de Cortinas, vivió una
infancia marcada por los acuciantes
problemas económicos de su
 familia, que en 1551 se trasladó
a Valladolid, a la sazón sede de la
corte, en busca de mejor fortuna.
La noticia que el escriba, soldado, y aventurero,  Miguel de Cervantes y Saavedra estaba muy enfermo nos llegó mientras salíamos de una aldea en busca de nuevas aventuras, ante lo cual decidimos volver sobre nuestros pasos para dirigirnos al lugar dónde agonizaba. Para ello compramos dos mulas y metimos en una alforja un odre de vino y algo de queso para el viaje. Satisfacer nuestras necesidades terrenales nos permitiría colmar la apetencia espiritual que nos impelía a conocer los pormenores de su muerte.
Tres días con sus noches viajamos por llanuras y roquedales, y al amanecer del 22 de abril de 1616 avistamos la aldea donde a cuyas afueras se levantaba el Convento de La Trinitarias. Allí, piadosos monjes asistían espiritualmente al hombre, pues físicamente la suerte estaba echada.
Llegado que hubimos al lugar, la ansiedad aventó nuestro cansancio e intentamos infructuosamente acercarnos a su lecho de muerte. Nuestros ruegos y plegarias fueron vanos ante la determinación de los religiosos, quienes tras largos y tensos cabildeos, nos permitieron llegar hasta la celda con la condición de permanecer de pié y en silencio en el rincón más oscuro del recinto.
Así lo hicimos, para ver cómo el moribundo burlábase del tiempo dictando una carta a un Caballero que decía:
“Mi vida se va acabando y al paso de las efemérides de mis pulsos, que, a más tardar, acabarán su carrera este domingo, acabaré yo la de mi vida [...]. Adiós gracias; adiós donaires; adiós, regocijados amigos: que yo me voy muriendo, y deseando veros presto contentos en la otra vida”.
El viernes 22 de abril, Miguel de Cervantes rinde el último suspiro. Al día siguiente, en los registros de San Sebastián, su parroquia, se consigna que su muerte ha ocurrido el sábado 23, de acuerdo con la costumbre de la época, que sólo se quedaba con la fecha del entierro: como se sabe, es ésta última la que se conoce hoy en día, y en que se celebra cada año en España el Día del Libro. Cervantes fue inhumado en el convento de las Trinitarias, según la regla de la Orden Tercera, con el rostro descubierto y vestido con el sayal de los franciscanos.
Nosotros partimos sin hablar, porque después de asistir a un suceso tan significativo para la historia de la humanidad, poco es lo que se puede decir que no sea irreverente. De ese episodio atrapamos nuestro amor por la escritura, y aún convencidos que no habrá de alcanzarnos la vida para utilizar este idioma en forma siquiera medianamente aceptable, lo intentamos todos los días, más no sea en honor a ese Genio que vimos partir en busca del estado puro del alma humana.